lunes, 29 de octubre de 2007

Último

Ya en ese espectro las cosas son imprevisibles. Han acomodado un minúsculo salon de actos, que de vez en cuando prestan para aprovechar el consumo. En un rincón, sentado en un banco de mármol piensa en lo que va a decir a los pocos que se van juntando. Todos en semicírculo. Le han avisado que vendrán algunos periodistas. Quieren saber, vender diarios en todo caso. Él es el centro en ese pequeño cuadrado, aunque no quiera aceptarlo. Mira el vacío, las miradas, algunas más inquisitivas que otras, algunas más anhelantes. No sabe bien qué dirá: una arenga, un discurso sobrio pero convincente, no sabe. No tiene un bosquejo definido. Solo recuerda lo poco que tiene, específicamente un artículo de diario que leyó hace algunos días, cuando estaba metido en una de las tantas tiendas de la calle principal, la que acababa en el parque, con mesitas afuera y todo.

jueves, 4 de octubre de 2007

Segundo espacio: el habitáculo

El hombre ha entrado y empieza el retroceso para pensar una estrategia, que en definitiva es pensar en el después. La cabina de 2x2 apenas deja espacio para voltear. Está la máquina, el escritorio debajo, el más pequeño del mercado, la pequeña banca de plástico a punto de abrirse, las patas van cediendo hasta que, sin aviso, solo el estruendo y el golpe dan la alerta y te encuentras levantándote, consternado por la sorpresa, la sorpresa en un mundo sin sorpresas suena gracioso. Después está el cliente, que dependiendo, gordo o flaco, se acomoda como puede. De todas maneras la mente está en otra cosa y es como un elevarse, dejar lo material para subir a lo espiritual, una especie de nirvanoide.
Ya acomodado piensa, algo avergonzado, pues nunca se hubiera imaginado en tal embrollo y con tantas cosas en contra, que hay otro punto a su favor: en una ciudad costera como esta, la brisa marina mitiga el olor del tabaco en algo, solo en algo, pues el ambiente sigue siendo nebuloso y fantasmal. Algo que tampoco importa mucho, pues la gente se pasa horas y horas dentro de estos pequeños cubículos sin problema. Pequeños pero abundantes, pues se consigue de todo, según el lugar por supuesto, y hasta se divulga el ligero rumor que dentro de poco, frente al faro de los Visionarios, se abrirá uno que dispensará esta vez sí de todo: comida, descanso, amor. Varios beneficiarios ya han separado los lugares más idóneos. ¿Cuáles son los lugares más idóneos? –pregunta el acompañante, que le respira en el cuello (la pregunta implícita es cómo ambos hacen para permanecer en espacio tan reducido decentemente). Y por inercia la respuesta salta, son los que de alguna manera están al medio posterior o al final posterior, siempre y cuando el diseño sea el diseño. ¿Qué diseño? Ya no hay respuesta, solo que el lugar se llamará El Habitáculo.
Explica entonces –al acompañante- en un tono formal, lo que una de las últimas encuestas de las tantas universidades ha sacado: que la turba crece a más no poder, turba de individualistas a ultranza, que morirá sin más y sin huella. El informe es el que usa tales términos: sin más y sin huella. Definitivamente ellos mismos no quieren saber nada de cada uno de estos individuos procaces y sin deseo de interacción, pero les preocupa el mar humano que se va formando y la rapidez del asunto. Pero –dice el explicante levantando el dedo índice- hasta en esto se equivocan, pues así como las migraciones se dan de manera natural, de seguro esto se afirmará o quedará para siempre en el olvido, sin pena ni gloria, con la ayuda o sin la ayuda del sistema. El acompañante mira el vacío, la tibia noche, la humedad y las olas sibilantes, no ha entendido nada.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Primer espacio en acción

Las calles estaban casi solitarias, eran las cuatro de un viernes. A las seis en todo caso se debería esperar algún movimiento. Caminó cinco cuadras y se cruzó con algunas miradas. Más allá se veía el parque, que de seguro albergaba más bullicio: niños saltando, barristas que lucían tatuajes extravagantes y ancianos que disfrutaban del paisaje. Llegó a la puerta. Le era ya difícil caminar demasiado y, sin embargo, se obligaba a dar la vuelta la plaza, recorrer el jirón lleno de gente, la calle de los libros y el pequeño bulevar que lo esperaba siempre lozano, fresco -el camión de la municipalidad, 30 minutos ante de que él llegara había regado las buganvillas y las madreselvas con una diligencia inusual-. En general, era él el menos resaltante en este paisaje urbano hasta que entró en el recinto, que sí era suyo. Su cuerpo etéreo iba tomando forma y su voz ya alzada  llamaba la atención, su caminar se hacía menos escurridizo y más marcial y sus ojos tomaban el brillo de los que se creen dueños del mundo y de la verdad. Su vida cobraba sentido. ¿Qué lugar es este que desconoce el orden natural del mundo y lo hace a él, un hombre desahuciado, un ser convincente? Ahora mismo, el hombre en cuestión -y quizá él no lo sabe o no se quiere enterar- es el simple pretexto para la descripción de este espacio. Y entonces como simple observador, es el pretexto para la existencia de lo demás, es el fondo y no la forma, no es la sustancia. Así, por lo tanto, cuando tropieza con un grupo de muchachos que sale de alguna academia o instituto a esas horas, seres libres de todo temor, dueños del mundo, él es el fondo, así se mueva y gesticule a más no poder y quiera increparlos por sus maneras. No obstante hasta su indiferencia es una especie de envidia. Él es el contraste exacto para el primer plano: la presencia y la no presencia, el bullicio y el silencio, lo conocido y lo ignoto. Así, por tanto prefiere no existir cuando deambula, se esconde hasta llegar a la luz, al habitáculo, que es su guarida.

miércoles, 19 de septiembre de 2007

El inicio del inicio

Si las intuiciones no fallan, L, y se alimentan directamente de las sensaciones, te veo porque siempre te quiero ver; aunque ya no estés y yo haya aprisionado tu alma y no solamente sostenido tu mano.

Te veo, como siempre, haciendo gestos extraños primero, luego más conocidos. Te ríes del mundo y caminas de tienda en tienda, acariciando adornos baratos, zapatos deformes. Volteas y sigues riendo. Pero es a gran distancia que te mueves, ¿verdad? Te llamó entonces, para sorpresa de todos. Pronuncio tu nombre sin vergüenza. Sonido líquido "L". Entonces pareces voltear. En un inicio había sido todo lo contrario y era imposible tal gesto por la razón que sea, que en todo caso no vale la pena ahora explicar, pues ahora que vienes, no tenemos ataduras, privilegios, tareas ni rutinas. Somos libres, L, y por eso te acercas, con esa flor artificial, que sabe quién te ha dado, carterita marrón que se balancea y corduroy liviano. El viento no permite tu suave deslizar, pero espero. He esperado tanto ya. Pero en ese infinitesimal tramo en comparación con la vida, sucede lo inesperado. Y aquí la metáfora no funciona. Te desvaneces, pues ese rostro no es tu rostro, y tu brazo débil no es el que yo conozco. No eres tú, L. Tus ojos trastornados han olvidado el miedo, el delicado y fino perfil se ha engrosado. ¿Es acaso por ser el tramo final? Eres otra y sin embargo sonríes.

Ahora comienza la lucha. Cargo por justicia el peso de tu afecto, sabiendo que en cualquier momento también caeré al vacío, así te hayas negado y yo haya rogado y caído a tus pies. La supervivencia es más fuerte que cualquier lazo, L. Corro entonces a tus brazos y te sostengo. Nos escondemos del mundo, bajo las sombras y los recovecos de las tiendas, preguntamos ilusionados por la vida que se nos ha negado. Acaricias sábanas y franelas para el invierno cuando es verano, sueñas con lágrimas y te sientas inocentemente en muebles y descansos. De pronto, te tomas el vientre y un sudor frío empalidece tu rostro. Yo mismo he sentido la estocada. Me pides irnos después de haber navegado por la ciudad, después de haberte dado el último convite. Recordaré en tu nombre el inicio día tras día, hasta el final. Te lo prometí en el último aliento que lanzaste a la canícula. Recordare tu nombre y tu historia, L, tildaré tu ser hasta el infinito.

lunes, 17 de septiembre de 2007

6

Aquí te va, querida P, el primer argumento y su explicación. Después de tanta espera, imaginó tu amplio jardín, bañado de sol y de rosas. El aroma fresco del otoño, junto a la brisa del mar y esa pequeña playa de piedrecitas donde solíamos correr y caminar otras veces. Puedo imaginar un poco opacado tu rostro, aunque parezca increíble.
Pero antes debo confesarte algo. La he visto P, por primera vez la he observado en el fragor de la batalla. ¿No te ha pasado alguna vez que has visto recién a ese alguien mucho después de conocerlo? Quizá era parte del contexto y hubieras notado su ausencia. ¿Pero y si siempre hubiera estado allí P? Y si siempre lo hubieras visto como quien ve un simple árbol viejo en medio del jardín. Hoy ha pasado P y he presentido su llegada, y he conocido su asustadizo mirar. Ni yo debería haber pasado los límites de mi reino, ni ella haber supuesto nada; pero en esas idas he descansado. Frente al enemigo, pero he descansado. Y por primera vez he mirado oblicuamente. Siempre he mirado de frente P, pero ahora lo he hecho en diagonal. ¿Te sorprende eso?
Hubiera podido borrar todas las fronteras y buscarla entre tanta masacre, pero he decidido esperar, estoico. No creas que es la primera vez P. Muchas veces, en situaciones similares por simples murmullos he quedado paralizado, simples gestos. Ahora lamento mi estatismo, pues de haber corrido otra hubiera sido la historia, la línea recta P hubiera juntado sus extremos y hoy sería solo posibilidad. Pero ha aparecido, hoy la he mirado y mi mañana es ahora, no quiero despertar.

Creo tristemente otra vez haberte hecho esperar en vano por contarte otras cosas. Pero no te preocupes, sin falta será mañana, aunque oblicuamente desee el ayer.

Saludos

viernes, 10 de agosto de 2007

5

Los alfiles son como dragones metidos en sus cuevas, imperceptibles cuando acechan. Ni siquiera la densa humareda que sale de sus fauces puede sentirse y entonces solo ves el final. Han atacado P y ni los he visto, especialmente el que se recostaba dulcemente en tu hombro hace años y te besaba tiernamente la mejilla. Impedido el paso, difícilmente, después de tantos desatinos, pude hacer algo. Y lo más triste es la afrenta, el enemigo era poco digno P. Sangre azul con sangre azul es lo que comúnmente se espera, no menos.

Ahora que el silencio es tan abrumador, lo sé, no solo en este hemisferio, prefiero callar.

martes, 10 de julio de 2007

4

Querida P,

Sé que estás esperando el argumento y he oído de tus humores, extremos a veces, y no quiero arriesgar nada, te lo aseguro. Pero solo permíteme mandarte lo que acabo de escribir en un arrebato de insensatez. Sentado en el Café 23, de seguro has escuchado hablar de este, donde alguna vez estuviste también viendo el circo -9.coloq. Confusión, desorden, caos-, creí verla, como tantas veces ilusionado me ha pasado. La mente es frágil P, pero por increíble que parezca, tuve claro todo el texto hasta después de dos horas que me senté frente a la pequeña máquina. Allí te va:

"El rojo-verde-azul centellea y L aparece de las sombras. Imagino entonces a L frente a todo ese mar humano, viendo más allá de lo que les es permitido ver. Y ella se quiebra frágil, como un débil muñeco de trapo. Pobre L, la que ha estudiado canto y baile, por puro arte, ahora tiene que cobrar por unas contorsiones.

La gente grita y L vuelve a caer, los brazos abiertos, ¿esperando algo L?, ¿acaso frente a ese mar humano has notado a alguien especial?, ¿acaso bailas para uno solo y ese no lo sabe? Tu mirada me mira L, tu mirada me mira y aunque las luces decaen y las sombras te cubren tú estás allí, esperando quién sabe qué."

Te mando también lo que escribí momentos antes, con solo el recuerdo y sin la imagen exacta, cuando era llevado contra mi voluntad para el Norte –triste peón- cuando mi intención era descansar en el Sur:


"Una malla triste nos separa,
y rombos pequeños recortan NUESTRO tiempo,
desaparecemos.
Esa fiesta que has armado
se cae como la última lágrima
de un asesino."

Espero comprendas esta ilusión querida P, que me arrebata y a veces me hace olvidar mi posición. Ella es definitivamente superior a mí en muchas cosas, especialmente en ubicuidad.

Saludos

A

lunes, 9 de julio de 2007

3

Querida P,

He atravesado los amplios salones con el manuscrito en la mano. Meses y meses de esfuerzo P, en diez carillas. Los amplios salones burocráticos suenan fríos, circunspectos, con sus adornados y finos muebles. Cada uno con un nombre especial, lo diez mejores músicos P: Mozart, Bach, Beethoven, Victoria, Falla, Haydn, Schubert, Prokofiev, Wagner, Vivaldi. Los mejores diez están allí sin permiso ni prórroga. Metidos, enclaustrados como casi todos nosotros. Los menesterosos y los laboriosos, tan solo para lograr una pequeña victoria, ensimismados completamente, no logran ni siquiera percibir la grandeza de estos hombres. Miran con desfachatez al recién llegado, como haciéndole un favor. Escamoteados huimos todos P, esquivando miradas.

Reviso otra vez, antes de entrar al más grande todos, se llama Mozart, todos los requisitos. Al fondo hay un escritorio circular con una mujer de pocas formas. No es fácil quedar conforme en estas circunstancias P, siempre falta algo y ya no quiero mirar más -he roto cientos de copias, antes de elegir esta última-. No sabes lo maniático que uno puede ser para estas cosas P. De seguro alguna vez has participado también en concursos de tortas sino de belleza. El salto de las tortas y la belleza no es gratis P, hay una corriente entre ambas, una señal... Como te iba diciendo, definitivamente también habrás estado en parecidas circunstancias y habrás retocado el producto a más no poder, si no tu fino cutis. Yo he procedido de la misma forma. Pero todo llega a un límite y uno se cansa, porque nada nunca quedará perfecto y entonces hay que mostrar los defectos. Solo ahora quiero entregarlo y allí estoy, parado frente a una mujer de unos treinta, con el cabello largo, impaciente, que traquetea con los dedos la melamina. Los grandes corceles podrían haber imitado ese mismo sonido en las grandes conquistas, pero la gran diferencia es el contexto y el objetivo: las feromonas apuran a esta mujer al grado de sacarla de sus casillas y esos caballos y sus jinetes van a la guerra en busca de victorias. Así que insiste con su voz chillona y entrego el sobre con las tres copias y el original. Coloca el sello en cualquier lado. A primera impresión había parecido querer ordenar el sobre verticalmente y luego apostillar en el lado izquierdo; pero no, la casualidad ha obrado en todo el acto. Recibo entonces otra vez el sobre y ahora, ante la mirada lacónica de todo la fila, como veinte, entre hombres y mujeres, escondo el manuscrito. Curiosamente P, todos se creen ganadores. Hasta yo en un primer momento, había entrado con toda la confianza posible; hasta que poco a poco, minado por tanto ajetreo, no quiero más que salir.

No solo deduzco la pérdida P, la siento, ahora que me acerco al pequeño escritorio, a unos treinta metros del de la mujer, adonde un pequeño hombre, con una sonrisa forzada, debe haber estudiado un curso de actuación, registra las firmas y sella por segunda y última vez todas las historias. Es la pérdida que se ajusta al contexto: cientos de sobres desparramados a diestra y siniestra, uno encima de otro. Y entonces siento doblemente la pesadez y la inutilidad del trámite. De seguro, a estas alturas, mi querida P, estarás ensayando una de tus peculiares respuestas, pero quiero desilusionarte una vez más. Este pequeño cuento no pasará la primera lectura de los bachilleres y los estudiantes de quinto ciclo. Si tan solo llegara a los asistentes. Y no pido más P, porque sé muy en el fondo que los grandes nombres también buscan la forma, así ellos no lo quieran. Todo el sistema está ya prescrito y no hay nada nuevo. Nadie puede innovar nada, ni siquiera lo verdaderamente genial puede quebrar la más fina tela que se ha ido tejiendo. Entonces refutarás el porqué del intento, si todo está perdido, un jaque mate previsto, una jugada estudiada, de experto. Es la ilusión P, la simple ilusión, que nos hace ver el mundo infinitesimalmente diferente. Tú y yo sabemos, querida amiga, que varios han atravesado los límites, aunque por pocos instantes; y ahora son, sino victoriosos sí más felices. El intento P es indicio de avance y madurez.

Por último sé que estarás pensando ahora en los relatos de mi primer libro. Inevitablemente P me obligas a contarte la historia, aunque sea brevemente. Sé que tú has gozado discretamente con mis escritos. Eso de buscar la eternidad en la simple cotidianeidad suena bien -aunque lo haya dicho Miloslav-, pero crece ante el evento, ante la prueba. Sin falta te mandaré muy pronto el argumento, por lo menos la mínima estructura.

Esperando no haberte cansado,
A

Psd. Lo del adjetivo querida en algunos acápites no es adulación, siento la necesidad del vínculo, nada más.

lunes, 2 de julio de 2007

2

Querida P,
El desconcertante mundo ha girado completamente en la noche opalina. Las luces del salón, que dan a las afueras -de todas maneras he tenido muchas veces que entrar a hurgar en la librería de la entrada, no sabes qué escasos están los libros ahora, hablo de los libros buenos P- tejían el entramado para la aparición. El escape no era posible P, ni menos la decisión propia; nos habíamos quedado petrificados sobre las mayólicas blancas y negras que mandaron a traer de Turquía, adonde se hacen los mejores tapizados, por si quieres acabar tu jardín con finos adornos. Veíamos simplemente, me mimetizo lo sé P y lo confirmo, sin ánimo de justificarme, pues todos sentíamos lo mismo te lo aseguro, peones al final, hechos para la guerra y el trabajo -qué poco sabes de estas cosas mi querida P y es mejor-, veíamos simplemente en silencio.

Salía entonces el humilde hombre, algo encorvado y el cabello en cola. Era una posición incómoda, las tres últimas escaleras parecen el infinito. Miraban inquietantes sus ojos azules. Tenía un terror mórbido a sus congéneres, a pesar de los títulos y grados que ostentaba. Era el rey P, pero con minúscula. Temía hasta al simple gesto, ¡pobre!, ¿cuántas cosas no habré dicho con solo mover un dedo o haber posado ante mi amada? Son múltiples los mensajes y más las interpretaciones. Se cuida lo externo P, pero no se puede querer por otros ni soñar bosques, son solo míos. El triste rey gobierna su mundo físico y no sabe que muy cerca, e inadvertido, acecha lo invisible: inmóvil y aterrorizado escucha poemas absurdos e ignora, no se eleva. Una simple mirada de soslayo -mira P, qué ladrón, he robado también esta frase- y el peón ha ganado. No se ha movido, pero ha ganado. Ley física P, lo estático no existe ni en las piedras; pobre ignorante, esa mujer ahora no le pertenece.

¿Puede ser P, que ahora entiendas lo que quiero decirte, si estoy hablando en símbolos? De seguro es la desesperación y la revancha, ya lo has intuido. Y sé que te debo una respuesta.
Será pronto P,
Besos
A

lunes, 25 de junio de 2007

1

Querida P,
No pude escribirte antes, el cuadrante es pequeño e impide moverse. Sé que antes debo conservar la formalidad y disipar tus miedos. He seguido todos los pasos posibles para evitar la copia. Tengo borradores en el ordenador y también a mano. Sé que en estos tiempos hay que cuidarse mucho y sin embargo, debo confesarlo, he sido tentado muchas veces y he caído. Soy en definitiva también un ladrón de ideas, y es así que de seguro en el primer libro alguna frase debe de ser el remedo de otra o quizá un verso. Nadie es totalmente puro P. Somos herederos y nos contaminamos fácilmente, así no lo querramos ni lo hayamos planeado. Pero como te iba diciendo, tengo muchas copias para demostrar mi autoría. Hasta he seguido los trámites legales en las instituciones correspondientes. Como siempre todo un papeleo y una pérdida de tiempo, pero como muy bien advertiste, nadie está libre de nada. Mil gracias P, de seguro con más ahínco y prisa he agilizado todo.

Sé que va contra las reglas del juego el no seguir lo planeado y quién siempre sigue las reglas, pregunto. Estamos siempre provocados a romperlas. Los sentimientos pueden contrapesar muy bien grandes pesos y escalar murallas infranqueables. No lo dudes, desde siempre he mirado en el horizonte un destino de gloria y ahora, sin embargo, rehuyo como un cobarde. Sigo la misma rutina y trato de esquivar la línea pequeña de las fronteras. Shany y Miloslav, de los que de seguro ya te he comentado (personajes que prestan sus nombres a mi gran mundo imaginario), tienen un campo de acción inmenso, pueden correr riesgos, pues tienen las habilidades. Suben las alturas sin miedo, diagonalmente atraviesan las barreras hasta conseguir lo que quieren, intimidan y asustan a sus adversarios y hasta me han ofrecido su ayuda. Se les ve tranquilos, conversando en los fastuosos restaurantes modernos de la plaza, tomándose un café, bebiendo un poco de vino. Solo apenas puede colarse una pequeñísima luz del fracaso para ellos, que no está del todo olvidada, pues hasta los más poderosos pierden la batalla y los más veloces la carrera. Pero esto no los asusta, prefieren no verla, escondidos en sus caparazones. Yo sin embargo, me baño de su espectro continuamente y sé que debo andarme con cuidado. Y si también puedo visitar con ellos los mismos lugares, camino alerta, cuidándome los flancos.

Ese color P, que antes me era indiferente, ahora me acerca indefectiblemente al abismo, ¿será que puede inmovilizarme? Tengo mi armadura puesta y camino sereno (la serenidad es muy admirada y también escasa) pero tengo miedo. De seguro al otro lado de la ciudad el sol tiene otros reflejos y tú te encuentras en paz y esto me tranquiliza. Nunca había imaginado encontrarme así, los finos pasos firmes ahora se me hacen tambaleantes. Mi norte está definido P, pero el corazón es traicionero.

Deseando recibir noticias tuyas,
A

Inicio

Querida P,
Esta es una nueva novela y me ha costado harto tener que comenzar, siquiera con la idea. En realidad he pasado horas y horas reuniendo tantas cosas. He esperado también inútilmente un libro de un tal Manganelli, que solo se encuentra en España, y esto tampoco es confirmado, pues tal ha sido el seguimiento que he hecho buscando el texto, que me he perdido entre tanto camino y desvío: encargos a conocidos, compras por Internet, llamadas a librerías, foros con lectores y mensajes a seguidores del supuesto escritor.

Pero ya no importa, he logrado suponer muchas cosas y he decidido cambiar simplemente de punto de vista. Tú, que has leído mi primer libro, debes de saber que el punto de vista es único. La tercera persona me ha ayudado, lo reconozco, a no comprometerme demasiado (salvo en algunos casos donde el personaje principal monologa); y no creas que he cambiado de idea, simplemente los que ahora monologan y hablan son los mismos personajes de la historia; y no necesariamente principales, porque hasta el enano del paradero o el maniquí pueden relatar la misma historia, con lógicas variantes definitivamente.

Y no te voy a contar la trillada retahíla que justifica esta técnica, porque muchas veces no funciona. Eso de contar el relato de la caperucita roja por el lobo es un fiasco y por la abuelita todavía más. Lo que pasa es que en este específico caso -el de mi libro- sí funciona, no lo dudes; no tengo por qué argumentar algo que tú sabes de sobra, imagínate hablando a Bet o a Caroline, o a la mujer que cruza la loma después de haber leído el horóscopo, o a la mujer serpiente o a las gordas, en realidad la posibilidad se multiplica.

Pero no quiero cansarte más, sé que en este momento estás observando fotos. Me dijiste que por las tardes, como a las cinco, este es tu pasatiempo favorito; y no lo dudo, pues quién puede negar que el otoñal atardecer es magnífico. Solo los que no han gozado de esta estación no pueden comprender. Yo sí querida P, más aún conociendo tu sensibilidad y tu corazón. De seguro debes de tener por allí alguna foto mía también. Aunque de seguro el can Cerbero no te lo permitiría, sé que por algún lado debes de haber escondido alguna, como yo he puesto la tuya en un lugar infranqueable... pero, ¿no será la que estoy suponiendo?, ¿verdad P?... bueno, si es la que imagino me siento intranquilo, pues como sabes soy cero fotogénico. Y no es una excusa ni una alienación, he aprendido con el tiempo a aceptarme como soy, pero es la verdad; conozco gente que ante cámaras se ve espectacular y disimula lo corriente de su aspecto.

Bueno, ya te comentaré más. Espero no haberte cansado con mis reflexiones, pues ya viene el triste peón a molestar. Esto de ser peón debe de ser también angustiante -lo vivo en carne propia-, el hombre solo cumple su trabajo.

Adiós y muchos besos. Espero tu respuesta aunque sé que poco te gusta contestar, contento de aunque sea estar de paso por tu vista.
A