lunes, 29 de agosto de 2022

DESPUÉS DE LA CITA

El hombre caminó tres pasos, los contó. Estaba en un espacio casi vacío. Escuchó a lo lejos unas risas y unos gritos y observó la silueta casi oscura que la noche había formado al posarse en la ciudad. Estaba con la mente en blanco. Podría afirmarlo, aunque no fuera cierto, pues en su mente estaba el porsche cayenne turbo de dos puertas que tenía al costado del Volvo azul. Era una técnica de concentración, solo que él había cambiado los objetos singulares. Se la habían enseñado en el pequeño centro de meditación al que asistía, un centro que seguía el linaje Karma Kagyu del Tíbet; por lo menos eso le habían dicho cuando pagó los cinco meses por adelantado para aprovechar la oferta. Fuese cualquier objeto -le dijo el maestro-, una manzana o un automóvil, tu mente debe aprender a cortar el flujo de tus pensamientos y a concentrarse en solo un objeto. A más tiempo mejor. Él miraba a ese hombre acabado, con el pelo casi ralo y los ojos cerrados, casi con incredulidad, pero era el último recurso. Tenía que curarse. Su mente le había jugado malas pasadas, le había fallado en los momentos más cruciales, sino dos o tres. Dos o tres momentos que le costaron casi la vida, su vida.

Subió al auto, al Volvo, sin distraerse. Solo notó que al otro extremo dos mujeres conversaban y le gritaban algo a un hombre de estatura baja. Le decían que se apurara. Él oía, pero en su mente estaba el porsche, nada más. Le habían dicho que en los estados de máxima concentración tampoco escucharía nada, sería como si todo en él se concentrara en un solo punto fijo. ¿Y había la posibilidad de no regresar al mundo real? -le preguntó al maestro-. Sí la hay -respondió seco el anciano-, pero esos casos no se dan frecuentemente,  uno en mil, o sea, casi nunca. Entonces se quedó más tranquilo, pero en ese mimísimo instante su mente perdió el objeto, una fruta tropical que crecía en el huerto del viejo y que se le hacía exótica.  

En realidad, perder el objeto no significaba nada. Podrías volver a comenzar y así hasta el infinito. No había castigo, porque si lo hubiera, él ya hubiese perdido -considerando que todo castigo es un retroceso-. Lo peligroso estaba en lo que reemplazaba el objeto: una imagen, un concepto, una idea, una persona. En su caso era todo: la imagen, el concepto, la idea, la persona y L. L resumía todo. L era la mujer de su vida. ¿Hasta qué grado L le pertenecía? No había querido reconocerlo tantas veces, pero, ahora, su mente se lo había impuesto. Quizás así L lo manejaba estando a kilómetros de distancia, a más de un océano, desde el otro lado del mundo.  

El porsche cayenne turbo empezó a arrancar. Era un 3.4. Retumbaba en el silencio y los perros enloquecidos empezaban a ladrar, de uno y de otro lado. Un tipo gordo lo manejaba, parecía un bulldog inglés, por el rostro. Tenía la camisa afuera y se veía rollizo. Llevaba unos lentes oscuros. No lo miro propiamente o, mejor dicho, los lentes no se lo permitieron.  No obstante, ¿por qué había que intentar mirarlo? ¿Qué de especial tenía el hombre? ¿Acaso manejar un auto de lujo lo hacía más interesante? ¿Por qué mostrarle atención a un tipo que hacía poco estaba discutiendo con una mujer y parecía ofendido? No había razón, pero aún así lo miró hasta que el carro resonó en el horizonte. Una mirada descarada. ¿Qué clase de persona miraba a otra sin razón aparente? ¿Qué buscaba? Si hubiese sido una mujer, pudiese estar justificado, aunque ahora el entorno era muy diferente. Un sinfín de asociaciones había salido a defender diversos derechos, hasta poner en duda no solo el acto, sino las intenciones. De esta manera, todo acto inofensivo podría considerarse subversivo y hasta penado.

Recordaba aún, muy lejanamente, la voz delgada de L resonando en el atardecer, con el viento jugando con sus cabellos y llevándose sus lágrimas. ¿Qué significa buscar la mirada? -le preguntó. ¿Significa atracción, interés o algo? L se veía tan dulce y a la vez vulnerable. L, la todopoderosa L, preguntando sobre una aparente banalidad y llorando por no saber. Todos lo hacían, es decir, cruzaban miradas sin saber, sin pensar en sus intenciones, buenas o malas. ¿Por qué plantearse entonces este dilema? Hace poco, un cantante famoso preguntaba en una red social dónde estaban todas las miradas que había cruzado con tantas mujeres, dónde estaba ese sentimiento. Pregunta dificil. Pero concluyó diciendo que el amor era mucho más que la vida, hiperbólicamente más. Así cerró su comentario, al que le siguieron cientos de felicitaciones, clichés, "Eres el mejor", "Nos haces reflexionar", "Es verdad, ¿dónde están esas miradas y qué significan realmente?". No obstante, lo más importante no era la respuesta. Lo relevante era que L no sabía y eso era lo que importaba al final. L estaba mostrándose vulnerable por primera vez, ¿para qué más?

El porsche cayenne turbo estuvo en su mente un  rato más. Había mirado con pasión sus faros, sus neumáticos, su brillo. Cada parte se le antojó mejor que la anterior. El Volvo no estaba mal, pero la costumbre había desplazado la verdadera razón de las cosas, las había vaciado de sus funciones y las había encerrado en interminables cajas chinas, imposibles de buscar. Así la gente no sabía por qué compraba algo. En esa nebulosa, cada quien perdía el objetivo y compraba por comprar, en una interminable carrera de poseer cada vez más.  Miró otra vez el Volvo y encontró una razón más de su preferencia, después de sacar de su mente una caja tras otra, una envoltura tras otra. Encontró a L sentada a su lado, mirando el infinito, justo el día en que iba a partir para no volver. L se había sentado en el Volvo y había respirado su mismo aire y había sentido su fragancia, su calor. L había convertido el Volvo en algo único, en algo imposible de cambiar.

¿Alguien puede amar así?, pensó, al grado de que las cosas cambien y el contexto se torne diferente. Quizá no era él el que discurría por la vida con la mirada, asombrándose de todo, contemplándolo todo de forma neutra, mirando sin mirar. Era L que se le presentaba a cada momento, transformada en un ave, en una suave flor, en un gesto de mujer, en un cabello al viento. Era una mirada de objeto, que no miraba lo completo y que, poco a poco, construía a la mujer que sí se le aparecía completa, en sus sueños y en la existencia. Toda una vida juntando detalles, retazos, para llegar a L, a lo completo. Desde el inicio hasta el final, había una línea en ondas, de saltos y sobresaltos, de peligros, que él no quisiera recordar, pues nadie más que él sabía que muchas veces estuvo a punto de perderla, de perderla en el sentido metafísico del término, pues aunque ahora L no estaba a su lado mirando el infinito, sí estaba en su mente y en su corazón, invadiéndolo todo. Y todavía sentía su presencia, una energía, un punto uniendo otro mundo.

¿Pero quién deja ir así nada más al ser que ama y por el que daría su vida? Era dífícil de explicar. El engaño había jugado su juego, cada objeto y cada ser se habían alineado para que el perfecto equilibrio desapareciera. Y ahora su mente corría hasta ese  instante y L se le antojaba un ser malvado, criminal.

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L ahora miró al tipo. Estaba haciendo círculo y daba risotadas, movía la cabeza como un pavo real e inflaba el pecho. Pensó en los animales, tan graciosos y particulares y pensó en los hombres, imitándolos. No al revés. La naturaleza tenía un patrón fijo para cada bestia, inmodificable. En cambio el hombre era libre, pero aún así, en esa libertad de acción, se reducía a la alimaña. El hombre volvió a reír y clavó la mirada en L. Quizá habría pensado en una nueva conquista. Estaba tan lejos el amor para ella y solo se le había presentado en ruidosas pesadillas, en caras serias, en voces estridentes, en olores extraños, en gestos adustos. No era nada y era todo. No obstante, no era en forma de un pavo real como se le presentaría el amor, tal como el hombre ahora le quería hacer pensar, batiendo los brazos como alas, girando como en un cortejo. El tipo era simplemente estupidamente gracioso.