lunes, 29 de octubre de 2007

Último

Ya en ese espectro las cosas son imprevisibles. Han acomodado un minúsculo salon de actos, que de vez en cuando prestan para aprovechar el consumo. En un rincón, sentado en un banco de mármol piensa en lo que va a decir a los pocos que se van juntando. Todos en semicírculo. Le han avisado que vendrán algunos periodistas. Quieren saber, vender diarios en todo caso. Él es el centro en ese pequeño cuadrado, aunque no quiera aceptarlo. Mira el vacío, las miradas, algunas más inquisitivas que otras, algunas más anhelantes. No sabe bien qué dirá: una arenga, un discurso sobrio pero convincente, no sabe. No tiene un bosquejo definido. Solo recuerda lo poco que tiene, específicamente un artículo de diario que leyó hace algunos días, cuando estaba metido en una de las tantas tiendas de la calle principal, la que acababa en el parque, con mesitas afuera y todo.

jueves, 4 de octubre de 2007

Segundo espacio: el habitáculo

El hombre ha entrado y empieza el retroceso para pensar una estrategia, que en definitiva es pensar en el después. La cabina de 2x2 apenas deja espacio para voltear. Está la máquina, el escritorio debajo, el más pequeño del mercado, la pequeña banca de plástico a punto de abrirse, las patas van cediendo hasta que, sin aviso, solo el estruendo y el golpe dan la alerta y te encuentras levantándote, consternado por la sorpresa, la sorpresa en un mundo sin sorpresas suena gracioso. Después está el cliente, que dependiendo, gordo o flaco, se acomoda como puede. De todas maneras la mente está en otra cosa y es como un elevarse, dejar lo material para subir a lo espiritual, una especie de nirvanoide.
Ya acomodado piensa, algo avergonzado, pues nunca se hubiera imaginado en tal embrollo y con tantas cosas en contra, que hay otro punto a su favor: en una ciudad costera como esta, la brisa marina mitiga el olor del tabaco en algo, solo en algo, pues el ambiente sigue siendo nebuloso y fantasmal. Algo que tampoco importa mucho, pues la gente se pasa horas y horas dentro de estos pequeños cubículos sin problema. Pequeños pero abundantes, pues se consigue de todo, según el lugar por supuesto, y hasta se divulga el ligero rumor que dentro de poco, frente al faro de los Visionarios, se abrirá uno que dispensará esta vez sí de todo: comida, descanso, amor. Varios beneficiarios ya han separado los lugares más idóneos. ¿Cuáles son los lugares más idóneos? –pregunta el acompañante, que le respira en el cuello (la pregunta implícita es cómo ambos hacen para permanecer en espacio tan reducido decentemente). Y por inercia la respuesta salta, son los que de alguna manera están al medio posterior o al final posterior, siempre y cuando el diseño sea el diseño. ¿Qué diseño? Ya no hay respuesta, solo que el lugar se llamará El Habitáculo.
Explica entonces –al acompañante- en un tono formal, lo que una de las últimas encuestas de las tantas universidades ha sacado: que la turba crece a más no poder, turba de individualistas a ultranza, que morirá sin más y sin huella. El informe es el que usa tales términos: sin más y sin huella. Definitivamente ellos mismos no quieren saber nada de cada uno de estos individuos procaces y sin deseo de interacción, pero les preocupa el mar humano que se va formando y la rapidez del asunto. Pero –dice el explicante levantando el dedo índice- hasta en esto se equivocan, pues así como las migraciones se dan de manera natural, de seguro esto se afirmará o quedará para siempre en el olvido, sin pena ni gloria, con la ayuda o sin la ayuda del sistema. El acompañante mira el vacío, la tibia noche, la humedad y las olas sibilantes, no ha entendido nada.

miércoles, 3 de octubre de 2007

Primer espacio en acción

Las calles estaban casi solitarias, eran las cuatro de un viernes. A las seis en todo caso se debería esperar algún movimiento. Caminó cinco cuadras y se cruzó con algunas miradas. Más allá se veía el parque, que de seguro albergaba más bullicio: niños saltando, barristas que lucían tatuajes extravagantes y ancianos que disfrutaban del paisaje. Llegó a la puerta. Le era ya difícil caminar demasiado y, sin embargo, se obligaba a dar la vuelta la plaza, recorrer el jirón lleno de gente, la calle de los libros y el pequeño bulevar que lo esperaba siempre lozano, fresco -el camión de la municipalidad, 30 minutos ante de que él llegara había regado las buganvillas y las madreselvas con una diligencia inusual-. En general, era él el menos resaltante en este paisaje urbano hasta que entró en el recinto, que sí era suyo. Su cuerpo etéreo iba tomando forma y su voz ya alzada  llamaba la atención, su caminar se hacía menos escurridizo y más marcial y sus ojos tomaban el brillo de los que se creen dueños del mundo y de la verdad. Su vida cobraba sentido. ¿Qué lugar es este que desconoce el orden natural del mundo y lo hace a él, un hombre desahuciado, un ser convincente? Ahora mismo, el hombre en cuestión -y quizá él no lo sabe o no se quiere enterar- es el simple pretexto para la descripción de este espacio. Y entonces como simple observador, es el pretexto para la existencia de lo demás, es el fondo y no la forma, no es la sustancia. Así, por lo tanto, cuando tropieza con un grupo de muchachos que sale de alguna academia o instituto a esas horas, seres libres de todo temor, dueños del mundo, él es el fondo, así se mueva y gesticule a más no poder y quiera increparlos por sus maneras. No obstante hasta su indiferencia es una especie de envidia. Él es el contraste exacto para el primer plano: la presencia y la no presencia, el bullicio y el silencio, lo conocido y lo ignoto. Así, por tanto prefiere no existir cuando deambula, se esconde hasta llegar a la luz, al habitáculo, que es su guarida.