viernes, 15 de julio de 2016

Hola, querida P:
Hace mucho tiempo, ya no sé cuánto, que he dejado de escribirte, pero no de pensarte, quiero que lo sepas. Nunca dudes, P, de mi afecto y de mi casi devoción. Esto de estar quieto sin moverse no es natural, o moverse solo por la inercia, pero en este contexto es difícil no entrar en la rutina. En realidad los gestos, aunque sean escasos, humanizan. 

Pero volviendo a lo importante, que eres tú y L -en realidad no he podido olvidarla y aunque  haya enterrado su nombre con cientos de disfemismos, aún mi corazón late más rápido cuando por ahí, de casualidad, alguien pronuncia su nombre, como ahora, que tomaba un café y conversaba con unos colegas de las últimas noticias. No sé cómo, o sí sé, pero no amerita aquí explicar, salió la palabra "vestidito". Este fue el detonante para romper tanto silencio y tanta espera. Es verdad que la palabra "vestido" como tal, no hubiera provocado nada, pero sí el diminutivo.

Te cuento esto, P, porque sé que tú conoces casi toda mi historia, tú y nadie más. Recuerdo las charlas interminables -sé que esto ya te lo he dicho en cartas anteriores-, pero me gusta repetirlo.