Querida P,
He atravesado los amplios salones con el manuscrito en la mano. Meses y meses de esfuerzo P, en diez carillas. Los amplios salones burocráticos suenan fríos, circunspectos, con sus adornados y finos muebles. Cada uno con un nombre especial, lo diez mejores músicos P: Mozart, Bach, Beethoven, Victoria, Falla, Haydn, Schubert, Prokofiev, Wagner, Vivaldi. Los mejores diez están allí sin permiso ni prórroga. Metidos, enclaustrados como casi todos nosotros. Los menesterosos y los laboriosos, tan solo para lograr una pequeña victoria, ensimismados completamente, no logran ni siquiera percibir la grandeza de estos hombres. Miran con desfachatez al recién llegado, como haciéndole un favor. Escamoteados huimos todos P, esquivando miradas.
Reviso otra vez, antes de entrar al más grande todos, se llama Mozart, todos los requisitos. Al fondo hay un escritorio circular con una mujer de pocas formas. No es fácil quedar conforme en estas circunstancias P, siempre falta algo y ya no quiero mirar más -he roto cientos de copias, antes de elegir esta última-. No sabes lo maniático que uno puede ser para estas cosas P. De seguro alguna vez has participado también en concursos de tortas sino de belleza. El salto de las tortas y la belleza no es gratis P, hay una corriente entre ambas, una señal... Como te iba diciendo, definitivamente también habrás estado en parecidas circunstancias y habrás retocado el producto a más no poder, si no tu fino cutis. Yo he procedido de la misma forma. Pero todo llega a un límite y uno se cansa, porque nada nunca quedará perfecto y entonces hay que mostrar los defectos. Solo ahora quiero entregarlo y allí estoy, parado frente a una mujer de unos treinta, con el cabello largo, impaciente, que traquetea con los dedos la melamina. Los grandes corceles podrían haber imitado ese mismo sonido en las grandes conquistas, pero la gran diferencia es el contexto y el objetivo: las feromonas apuran a esta mujer al grado de sacarla de sus casillas y esos caballos y sus jinetes van a la guerra en busca de victorias. Así que insiste con su voz chillona y entrego el sobre con las tres copias y el original. Coloca el sello en cualquier lado. A primera impresión había parecido querer ordenar el sobre verticalmente y luego apostillar en el lado izquierdo; pero no, la casualidad ha obrado en todo el acto. Recibo entonces otra vez el sobre y ahora, ante la mirada lacónica de todo la fila, como veinte, entre hombres y mujeres, escondo el manuscrito. Curiosamente P, todos se creen ganadores. Hasta yo en un primer momento, había entrado con toda la confianza posible; hasta que poco a poco, minado por tanto ajetreo, no quiero más que salir.
No solo deduzco la pérdida P, la siento, ahora que me acerco al pequeño escritorio, a unos treinta metros del de la mujer, adonde un pequeño hombre, con una sonrisa forzada, debe haber estudiado un curso de actuación, registra las firmas y sella por segunda y última vez todas las historias. Es la pérdida que se ajusta al contexto: cientos de sobres desparramados a diestra y siniestra, uno encima de otro. Y entonces siento doblemente la pesadez y la inutilidad del trámite. De seguro, a estas alturas, mi querida P, estarás ensayando una de tus peculiares respuestas, pero quiero desilusionarte una vez más. Este pequeño cuento no pasará la primera lectura de los bachilleres y los estudiantes de quinto ciclo. Si tan solo llegara a los asistentes. Y no pido más P, porque sé muy en el fondo que los grandes nombres también buscan la forma, así ellos no lo quieran. Todo el sistema está ya prescrito y no hay nada nuevo. Nadie puede innovar nada, ni siquiera lo verdaderamente genial puede quebrar la más fina tela que se ha ido tejiendo. Entonces refutarás el porqué del intento, si todo está perdido, un jaque mate previsto, una jugada estudiada, de experto. Es la ilusión P, la simple ilusión, que nos hace ver el mundo infinitesimalmente diferente. Tú y yo sabemos, querida amiga, que varios han atravesado los límites, aunque por pocos instantes; y ahora son, sino victoriosos sí más felices. El intento P es indicio de avance y madurez.
Por último sé que estarás pensando ahora en los relatos de mi primer libro. Inevitablemente P me obligas a contarte la historia, aunque sea brevemente. Sé que tú has gozado discretamente con mis escritos. Eso de buscar la eternidad en la simple cotidianeidad suena bien -aunque lo haya dicho Miloslav-, pero crece ante el evento, ante la prueba. Sin falta te mandaré muy pronto el argumento, por lo menos la mínima estructura.
Esperando no haberte cansado,
A
Psd. Lo del adjetivo querida en algunos acápites no es adulación, siento la necesidad del vínculo, nada más.
lunes, 9 de julio de 2007
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