martes, 10 de julio de 2007

4

Querida P,

Sé que estás esperando el argumento y he oído de tus humores, extremos a veces, y no quiero arriesgar nada, te lo aseguro. Pero solo permíteme mandarte lo que acabo de escribir en un arrebato de insensatez. Sentado en el Café 23, de seguro has escuchado hablar de este, donde alguna vez estuviste también viendo el circo -9.coloq. Confusión, desorden, caos-, creí verla, como tantas veces ilusionado me ha pasado. La mente es frágil P, pero por increíble que parezca, tuve claro todo el texto hasta después de dos horas que me senté frente a la pequeña máquina. Allí te va:

"El rojo-verde-azul centellea y L aparece de las sombras. Imagino entonces a L frente a todo ese mar humano, viendo más allá de lo que les es permitido ver. Y ella se quiebra frágil, como un débil muñeco de trapo. Pobre L, la que ha estudiado canto y baile, por puro arte, ahora tiene que cobrar por unas contorsiones.

La gente grita y L vuelve a caer, los brazos abiertos, ¿esperando algo L?, ¿acaso frente a ese mar humano has notado a alguien especial?, ¿acaso bailas para uno solo y ese no lo sabe? Tu mirada me mira L, tu mirada me mira y aunque las luces decaen y las sombras te cubren tú estás allí, esperando quién sabe qué."

Te mando también lo que escribí momentos antes, con solo el recuerdo y sin la imagen exacta, cuando era llevado contra mi voluntad para el Norte –triste peón- cuando mi intención era descansar en el Sur:


"Una malla triste nos separa,
y rombos pequeños recortan NUESTRO tiempo,
desaparecemos.
Esa fiesta que has armado
se cae como la última lágrima
de un asesino."

Espero comprendas esta ilusión querida P, que me arrebata y a veces me hace olvidar mi posición. Ella es definitivamente superior a mí en muchas cosas, especialmente en ubicuidad.

Saludos

A

lunes, 9 de julio de 2007

3

Querida P,

He atravesado los amplios salones con el manuscrito en la mano. Meses y meses de esfuerzo P, en diez carillas. Los amplios salones burocráticos suenan fríos, circunspectos, con sus adornados y finos muebles. Cada uno con un nombre especial, lo diez mejores músicos P: Mozart, Bach, Beethoven, Victoria, Falla, Haydn, Schubert, Prokofiev, Wagner, Vivaldi. Los mejores diez están allí sin permiso ni prórroga. Metidos, enclaustrados como casi todos nosotros. Los menesterosos y los laboriosos, tan solo para lograr una pequeña victoria, ensimismados completamente, no logran ni siquiera percibir la grandeza de estos hombres. Miran con desfachatez al recién llegado, como haciéndole un favor. Escamoteados huimos todos P, esquivando miradas.

Reviso otra vez, antes de entrar al más grande todos, se llama Mozart, todos los requisitos. Al fondo hay un escritorio circular con una mujer de pocas formas. No es fácil quedar conforme en estas circunstancias P, siempre falta algo y ya no quiero mirar más -he roto cientos de copias, antes de elegir esta última-. No sabes lo maniático que uno puede ser para estas cosas P. De seguro alguna vez has participado también en concursos de tortas sino de belleza. El salto de las tortas y la belleza no es gratis P, hay una corriente entre ambas, una señal... Como te iba diciendo, definitivamente también habrás estado en parecidas circunstancias y habrás retocado el producto a más no poder, si no tu fino cutis. Yo he procedido de la misma forma. Pero todo llega a un límite y uno se cansa, porque nada nunca quedará perfecto y entonces hay que mostrar los defectos. Solo ahora quiero entregarlo y allí estoy, parado frente a una mujer de unos treinta, con el cabello largo, impaciente, que traquetea con los dedos la melamina. Los grandes corceles podrían haber imitado ese mismo sonido en las grandes conquistas, pero la gran diferencia es el contexto y el objetivo: las feromonas apuran a esta mujer al grado de sacarla de sus casillas y esos caballos y sus jinetes van a la guerra en busca de victorias. Así que insiste con su voz chillona y entrego el sobre con las tres copias y el original. Coloca el sello en cualquier lado. A primera impresión había parecido querer ordenar el sobre verticalmente y luego apostillar en el lado izquierdo; pero no, la casualidad ha obrado en todo el acto. Recibo entonces otra vez el sobre y ahora, ante la mirada lacónica de todo la fila, como veinte, entre hombres y mujeres, escondo el manuscrito. Curiosamente P, todos se creen ganadores. Hasta yo en un primer momento, había entrado con toda la confianza posible; hasta que poco a poco, minado por tanto ajetreo, no quiero más que salir.

No solo deduzco la pérdida P, la siento, ahora que me acerco al pequeño escritorio, a unos treinta metros del de la mujer, adonde un pequeño hombre, con una sonrisa forzada, debe haber estudiado un curso de actuación, registra las firmas y sella por segunda y última vez todas las historias. Es la pérdida que se ajusta al contexto: cientos de sobres desparramados a diestra y siniestra, uno encima de otro. Y entonces siento doblemente la pesadez y la inutilidad del trámite. De seguro, a estas alturas, mi querida P, estarás ensayando una de tus peculiares respuestas, pero quiero desilusionarte una vez más. Este pequeño cuento no pasará la primera lectura de los bachilleres y los estudiantes de quinto ciclo. Si tan solo llegara a los asistentes. Y no pido más P, porque sé muy en el fondo que los grandes nombres también buscan la forma, así ellos no lo quieran. Todo el sistema está ya prescrito y no hay nada nuevo. Nadie puede innovar nada, ni siquiera lo verdaderamente genial puede quebrar la más fina tela que se ha ido tejiendo. Entonces refutarás el porqué del intento, si todo está perdido, un jaque mate previsto, una jugada estudiada, de experto. Es la ilusión P, la simple ilusión, que nos hace ver el mundo infinitesimalmente diferente. Tú y yo sabemos, querida amiga, que varios han atravesado los límites, aunque por pocos instantes; y ahora son, sino victoriosos sí más felices. El intento P es indicio de avance y madurez.

Por último sé que estarás pensando ahora en los relatos de mi primer libro. Inevitablemente P me obligas a contarte la historia, aunque sea brevemente. Sé que tú has gozado discretamente con mis escritos. Eso de buscar la eternidad en la simple cotidianeidad suena bien -aunque lo haya dicho Miloslav-, pero crece ante el evento, ante la prueba. Sin falta te mandaré muy pronto el argumento, por lo menos la mínima estructura.

Esperando no haberte cansado,
A

Psd. Lo del adjetivo querida en algunos acápites no es adulación, siento la necesidad del vínculo, nada más.

lunes, 2 de julio de 2007

2

Querida P,
El desconcertante mundo ha girado completamente en la noche opalina. Las luces del salón, que dan a las afueras -de todas maneras he tenido muchas veces que entrar a hurgar en la librería de la entrada, no sabes qué escasos están los libros ahora, hablo de los libros buenos P- tejían el entramado para la aparición. El escape no era posible P, ni menos la decisión propia; nos habíamos quedado petrificados sobre las mayólicas blancas y negras que mandaron a traer de Turquía, adonde se hacen los mejores tapizados, por si quieres acabar tu jardín con finos adornos. Veíamos simplemente, me mimetizo lo sé P y lo confirmo, sin ánimo de justificarme, pues todos sentíamos lo mismo te lo aseguro, peones al final, hechos para la guerra y el trabajo -qué poco sabes de estas cosas mi querida P y es mejor-, veíamos simplemente en silencio.

Salía entonces el humilde hombre, algo encorvado y el cabello en cola. Era una posición incómoda, las tres últimas escaleras parecen el infinito. Miraban inquietantes sus ojos azules. Tenía un terror mórbido a sus congéneres, a pesar de los títulos y grados que ostentaba. Era el rey P, pero con minúscula. Temía hasta al simple gesto, ¡pobre!, ¿cuántas cosas no habré dicho con solo mover un dedo o haber posado ante mi amada? Son múltiples los mensajes y más las interpretaciones. Se cuida lo externo P, pero no se puede querer por otros ni soñar bosques, son solo míos. El triste rey gobierna su mundo físico y no sabe que muy cerca, e inadvertido, acecha lo invisible: inmóvil y aterrorizado escucha poemas absurdos e ignora, no se eleva. Una simple mirada de soslayo -mira P, qué ladrón, he robado también esta frase- y el peón ha ganado. No se ha movido, pero ha ganado. Ley física P, lo estático no existe ni en las piedras; pobre ignorante, esa mujer ahora no le pertenece.

¿Puede ser P, que ahora entiendas lo que quiero decirte, si estoy hablando en símbolos? De seguro es la desesperación y la revancha, ya lo has intuido. Y sé que te debo una respuesta.
Será pronto P,
Besos
A