El hombre ha entrado y empieza el retroceso para pensar una estrategia, que en definitiva es pensar en el después. La cabina de 2x2 apenas deja espacio para voltear. Está la máquina, el escritorio debajo, el más pequeño del mercado, la pequeña banca de plástico a punto de abrirse, las patas van cediendo hasta que, sin aviso, solo el estruendo y el golpe dan la alerta y te encuentras levantándote, consternado por la sorpresa, la sorpresa en un mundo sin sorpresas suena gracioso. Después está el cliente, que dependiendo, gordo o flaco, se acomoda como puede. De todas maneras la mente está en otra cosa y es como un elevarse, dejar lo material para subir a lo espiritual, una especie de nirvanoide.
Ya acomodado piensa, algo avergonzado, pues nunca se hubiera imaginado en tal embrollo y con tantas cosas en contra, que hay otro punto a su favor: en una ciudad costera como esta, la brisa marina mitiga el olor del tabaco en algo, solo en algo, pues el ambiente sigue siendo nebuloso y fantasmal. Algo que tampoco importa mucho, pues la gente se pasa horas y horas dentro de estos pequeños cubículos sin problema. Pequeños pero abundantes, pues se consigue de todo, según el lugar por supuesto, y hasta se divulga el ligero rumor que dentro de poco, frente al faro de los Visionarios, se abrirá uno que dispensará esta vez sí de todo: comida, descanso, amor. Varios beneficiarios ya han separado los lugares más idóneos. ¿Cuáles son los lugares más idóneos? –pregunta el acompañante, que le respira en el cuello (la pregunta implícita es cómo ambos hacen para permanecer en espacio tan reducido decentemente). Y por inercia la respuesta salta, son los que de alguna manera están al medio posterior o al final posterior, siempre y cuando el diseño sea el diseño. ¿Qué diseño? Ya no hay respuesta, solo que el lugar se llamará El Habitáculo.
Explica entonces –al acompañante- en un tono formal, lo que una de las últimas encuestas de las tantas universidades ha sacado: que la turba crece a más no poder, turba de individualistas a ultranza, que morirá sin más y sin huella. El informe es el que usa tales términos: sin más y sin huella. Definitivamente ellos mismos no quieren saber nada de cada uno de estos individuos procaces y sin deseo de interacción, pero les preocupa el mar humano que se va formando y la rapidez del asunto. Pero –dice el explicante levantando el dedo índice- hasta en esto se equivocan, pues así como las migraciones se dan de manera natural, de seguro esto se afirmará o quedará para siempre en el olvido, sin pena ni gloria, con la ayuda o sin la ayuda del sistema. El acompañante mira el vacío, la tibia noche, la humedad y las olas sibilantes, no ha entendido nada.
jueves, 4 de octubre de 2007
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