lunes, 6 de junio de 2022

EN UNA HORA HAY UNA VIDA

El hombre subió al auto. Abrochó el cinturón como todos los días y salío de la cochera. El perro lo miró, como siempre, con los ojos casi vaciados, somnolientos, y no lanzó ningún ladrido, sino solamente un sonido agudo de respeto. No había aprendido a dominar al animal hasta que se compró el silbato con el sonido de rango ultrasónico. Sintió el poder desde que se lo entregaron y lo probó desde el inicio con el bulldog inglés que ahora lo miraba de reojo, alerta. Su ama -a unos metros- miraba también al hombre y al auto reluciente, espacioso, confortable, y le hizo un guiño. Ya le había sostenido la mano el miércoles pasado. Fue cuando le entregó el sobrante, dos monedas de a sol que él venía coleccionando. Un evento imperceptible para el ojo y la mente por debajo del promedio. Un hombre o una mujer más aguzados hubiesen detectado la intención y hubiesen descubierto al hombre, aparentemente inocente, pero deseoso de jugar el mismo juego todos los días con la mujer, aunque solo fuese para disfrutar de la adrenalina. Sentirse vivo -le decían sus amigos-.

Fue invisible especialmente para el marido, quien confiaba ciegamente en su mujer o  toleraba imperturbable la ofensa por quién sabe qué razón. Parecía que estaba en desventaja. Él era unos quince años mayor y se notaba; aunque se esforzara por mantener el ritmo joven de su acompañante. Lo bueno es que no había gesto que delatara al hombre en su pensamiento. Frente al marido él se mostraba serio y formal: leía un libro o los diarios locales, contestaba el celular o anotaba alguna idea que se le ocurría de pronto para un poema que estaba escribiendo y que no acababa de cuajar. Ahora era poeta además de piloto. 

Fue en esa ocasión en la que el hombre sintió la temperatura y el peso de la mujer. Sentir el peso era diferente a la simple admiración. Era la concreción de lo imaginado. Ella tropezó con un desnivel -no se sabe si a propósito- y se apoyó en su hombro con la mano izquierda. El hombre la sostuvo apenas, pero pudo notar las dimensiones de su miedo, la objetivación de su debilidad. Rápidamente se apartó de la mujer y esta le sonrió sin desparpajo. Entonces juró fallidamente no volver, porque vez tras vez -ahora mismo estaba allí- repitía la escena de caza de tan solo una hora, de 4:30 a 5:30. Es lo que le permitía su vida.

Lavaba el carro cada dos días a la salida del trabajo. Esperaba no encontrarse con nadie en el pequeño trayecto. Había unos trescientos metros del trabajo al lavadero. Interminables minutos para él. Alguna vez probó otro trayecto e intentó deshacer la rutina, pero siempre volvía. Era una cuestión de fortaleza y templanza -término medieval-, pero nada. Hubiese dado tantas cosas por olvidar el camino, el ambiente que rodeaba el lugar y a la mujer. Recordaba que antes, más libre, manejaba por las calles a su antojo. Manejaba lento para visualizar de cerca la ciudad, el bullicio. Nadie lo detenía y lo confundía, aunque hubiese querido -como sí pasaba con el auto pequeño color amarillo-. Solo miraban el auto reluciente, espacioso, confortable y largo. Aunque buscando en la memoria sí encontró a una mujer que detuvo el auto y que sin pedir permiso se subió al asiento delantero. Lo alabó por lo definido de su cuerpo e intentó seducirlo sin importar el lugar y la hora. Tanteó invitarle una cola, que el hombre rechazo de plano. Como no pudo convencerlo, se bajó rápidamente. Después, él se enteró de que estaban asaltando autos por la zona: drogaban a los choferes y se llevaban el vehículo y sus pertenencias. Suspiró triste por la falsa alarma, desilusionado de sí mismo y molesto con la mujer por haberle engañado. Hacerle pensar que todavía conservaba cierto atractivo era cruel para un hombre que de por sí buscaba resortes que levantasen su ánimo y  la autoconfianza.

Ahora hablaba con el marido, que hinchaba los omóplatos. Le decía que su mujer se había marchado y que se había llevado al bulldog inglés. Lloraba y se secaba las lágrimas con los puños de la chompa. El hombre no sabía qué decir. Solo lo miraba. Intentó en un momento darle una palmada en el hombro, decirle que su sorpresa era similar, pues él había confiado en que la mujer jugaba exclusivamente con él, que era como su segundo hombre. Angustiado por la deshonra escondida, se subió rápido al auto, sin lavarlo. El marido no entendió la reacción. En verdad era de pensar lento y solo imaginó que el hombre tenía algo más urgente que tan solo escuchar el bochornoso adulterio en el que había incurrido su mujer. Después, para sorpresa del mismo hombre, el marido le envió un mensaje de voz en el que le contaba que su mujer lo había engañado  varias veces. Hubo una pausa, un gemido quedo y terminó el mensaje. Si escuchar el mensaje lo había consternado, ahora su mente lo llevó por inimaginables escenarios: ¿y si el hombre fingía para descubrirlo? ¿Y si en verdad la mujer no se hubiera marchado y solo era una treta para descubrirlo? O aún más: ¿y si la mujer se prestaba para el juego con el marido? ¿Qué pretendían entonces? ¿Asustar advenedizos? Pero, había otras cuestiones: ¿por qué el hombre le contaba su vida a un simple cliente con el que nunca había cruzado palabra más que el simple saludo? ¿Era el marido acaso en verdad un hombre por encima del promedio y se daba cuenta de todo? ¿Sabía de sus juegos, pero lo prefería como oponente? Carraspeó y tiró el teléfono y no entendió cómo no se había topado con otros autos o atropellado a alguien en medio de tantas preguntas y confusiones. Había escuchado que los extranjeros entregaban a sus mujeres mientras ellos descansaban o limpiaban la casa o preparaban algo de comer, pero nunca hubiera pensado que tal situación lo iba a alcanzar tan dramáticamente, y se sentía inquieto y nervioso.

Al día siguiente, después de una larga noche de sueños agitados, decidió solucionar el problema en el que había decidido meterse. En acto no había cometido nada que pasara del límite o que mereciera un castigo; no obstante, sí había pequeños escarceos, cierto coqueteo, simulaciones y culpa. Salió del trabajo y empezó a conducir. Estaba a punto de llegar al lavadero, pero giró repentinamente.