Hola, P:
Después de tanto tiempo vuelvo a levantar la pluma -y esto de pluma es el lugar común, pero me gusta, no sé por qué-. Han sido tiempos duros, asfixiantes. Y aunque no parezca, los cambios se han dado elevados al cuadrado siempre, pero por inercia. Maquinales no solo para los otros que nos rodean, sino para nosostros mismos, para la propia conciencia. Sin saber, podrías encontrarte escupiendo una maldición o actuando cínicamente -y esto te exime a ti, P, porque eres, a mi parecer y al de cualquiera, el ser más puro que haya conocido y más-. Son tiempos en los que no puedes esconder nada, ni siquiera un insulto entre dientes. Solo basta un reflector o una cámara para delatarte -las cámaras están ahora por todos lados, P, en los lugares más inimaginables: en la visera de un gorro de moda, en un botón brillante de un saco, en un reloj pulsera, tras una ventana, tras una puerta. Hasta en los baños públicos, P, quién lo diría. Son tiempos terribles para el pudor y la dignidad-.
Por otro lado, alguien muy agudo podría caer en la cuenta de tanto disimulo, de tanta simulación no planificada, pero no por eso imperdonable. No obstante, este tipo de habilidades están aunadas al silencio, P, al terrible silencio, que no deja de ser culpable en la misma proporción del que comete el delito. Y la caída es la misma. Cuanto más alto, más abyecto y más bajo el deterioro. Por eso, cave ne cadas, P, solo para los mortales y no para ti, que estás más allá de estas bajezas.
Empero, pido disculpas, P. Me he extendido a donde no quería, como el peón que sigue los cuadrantes sin ver a los lados, loco por cruzar al otro lado e inmolarse por algún jefe o caudillo. Loco y ciego, P, pero sintiendo, eso sí, no lo dudes. Y de esto podría hablarte tanto, ya llegará el momento. Son tantas las veces que por distracciones y pulsiones he caído en huecos poco profundos, ante la risa revanchista de mujeres simplonas que creen que es una broma hacer un espectáculo en la calle y tener que disimular el dolor, pero especialmente la vergüenza. O lo peor, P, ¡ni te lo imaginas!, el salto de los sentimientos a las ideas, del corazón a la mente. Ese salto brutal de comienzos de una era que nos castra las pulsiones. Ya no tenemos miedo ni asco ni pasión. Y nos vemos hablando entonces de amor o de sexo en niveles abstractos, sin nervio, palabras tabú vacías de contenido que por lo menos antes causaban estremecimiento o abandono o tan siquiera culpa. Pero, dejémoslo allí, P, ya habrá espacio y tiempo. Ahora me invade el dolor por el recogimiento involuntario. Y no es el recogimiento de los tantos ermitaños y anacoretas que en templos monacales pedían el confinamiento, lo anhelaban -también te prometo tocar este tema y de mi teoría sobre los retiros-. Es el encierro como tal, impuesto por una fuerza superior. Y aunque de por sí ya fueses un ser enclaustrado o solitario -como de mí lo sabes-, ya te veías doblemente capturado, por tu propio encierro y por el de la peste. Primero el miedo -los miedos se aprenden, P, y hay que tenerle miedo obligatoriamente a varias cosas, por supervivencia y por dignidad-. El miedo fue perdiendo su fuerza, poco a poco. Y así te veías caminando por unas calles desoladas y otras lejanamente transitadas. Transitadas por rebeldes que caminaban con sus perros, fingiendo que los paseaban, pero que en el fondo creían estar burlando al polizonte o al sereno. O por valientes, falsos guerreros que creen que lo pueden todo y que gritan su inmortalidad barata y falsa.
No obstante, antes de seguir, probablemente te estés preguntando sobre el tema de la dignidad, del miedo y la dignidad. Lo digo porque te conozco, P, conozco los recovecos de tu pensamiento como nadie. Y sé que las mentes agudas se traicionan a sí mismas, a tal grado que inducen al error a sus dueños. ¡Imagínate!, P, una mente tan brillante cayendo en el error más anodino.
Bueno -coloquialismo barato-, volvamos a la dignidad. Pensaba en L cuando dije esto, en L y en todas las de su especie. Y este término no es para nada despectivo, aunque las palabras evolucionen y los contextos también...