jueves, 17 de noviembre de 2022

IMÁGENES

El hombre tenía barba y miraba el parque. Observaba a la gente divertida, riéndose de nada, sentada en las sillas de cemento y recostada en las mesas de granito. Daba la espalda a la máquina dispensadora y se había asegurado de que no hubiese cámaras. Un poco más allá, unos muchachos jugaban al fútbol en un pasto verde de tartán. El hombre estaba inquieto. Tenía un sinsabor que su cuerpo había somatizado en una sensación de angustia, angustia que quería salir por su boca y que él no entendía. Quería pararse, pero hubiera sido muy obvio.

¿Cómo es que no se había dado cuenta? El supervisor había pasado por detrás y se había dirigido hacia la tiendita de comestibles. Ya de regreso lo había mirado con demasiado disimulo, con una risa falsa. No solía reír demasiado. En realidad, los supervisores nunca lo hacían, solo cuando dejaban el uniforme y estaban en confianza. En 10 años, lo habría visto dos veces sonreír de manera natural, todo lo demás era actuación, falsía. Jiménez se había alejado por el largo pasillo que dirigía a las oficinas y le había dejado la angustia y, ahora que lo pensaba un poco, la vergüenza.

Podría acudir al reglamento y encontrar algún vacío, no era difícil. La deconstrucción no era solo cuestión de deformidad y mala interpretación, sino cuestión de grietas. Pero el hecho era que Jiménez lo tenía en la mira hacía rato y estaba solo esperando el momento más oportuno para botarlo del trabajo. Sin embargo, ¿de qué podría acusarlo? ¿Y si en verdad no había visto nada? Solo se trataba de un ordinario trabajador viendo una portatil una mañana de noviembre, tomando el fresco y, hasta quién sabe, avanzando los informes pendientes. El mismo Jiménez lo había llenado de correos recordándole la fecha de entrega. No obstante, su cuerpo no mentía y estaba a punto de salir corriendo a la oficina del supervisor y contarle todo. Se paró de pronto, pero justo una pelota rodó hasta su costado. Una muchacha se acercaba abriéndose paso por las mesas, sonriente y pidiendo disculpas. Fue casualidad- dijo y recogió el balón.

Ahora tenía la frente perlada de sudor y miraba el vacío. Había hecho de supervisor y había reproducido la escena varias veces, acercándose por detrás de la máquina dispensadora rodeada de  tupidas acacias y que mostraban su verde opaco. Sin embargo, las hojas mostraban vacíos y por allí cabía la posibilidad de que el supervisor lo hubiese observado mirar las imágenes. Hasta podría haberse detenido y ayudarse con las manos para ver mejor, como el aventurero que abre la selva para hacerse paso y camino. Si tan solo hubiera pasado sin detenerse, la posibilidad de haberlo descubierto sería ínfima, quizá del 1%. No obstante, esta mínima cuestión se abría paso cada vez más por su mente angustiada y casi lo desquiciaba. Además el supervisor era agudo y tenía buena vista. 10 millones de receptores visulaes podrían haber detectado algo. Lo único que lo calmaría  era saber cómo realmente había sucedido todo, comprobar de primera mano, de un testigo directo de los hechos, cómo realmente había pasado Jiménez; y dejar de lado las deducciones. ¿Quién podría haber observado al supervisor de camino a la tiendita?

La mujer que atendía la tiendita era una mujer joven, alegre y de ojos vivaces. No se le escapaba nada. Desde su posición, era más que seguro que había visto a Jiménez acercándose para comprar. También, había otro punto a su favor. Había detectado que la mujer tenía cierta predilección por su persona y lo había demostrado con miradas algo atrevidas, por lo menos él lo había interpretado así. No obstante, la cuestión era cómo preguntarle sin que sospechara nada ni que dedujera su miedo y angustia. Respiró hondo, como le había enseñado su padre desde pequeño. Siempre toma aire -le decía- así, así, ¡mírame! Luego, expulsas el aire lentamente y otra vez repites el mismo procedimiento, ¿entendiste?, ¡si quieres hacer las cosas bien, tienes que hacerlo! Su padre se le vino a la mente, no solo enseñándole a respirar, sino gritándole por ser tan parecido a él. 

Entonces, se puso de pie, llenó de aire los pulmones y empezó a caminar en dirección de la tiendita. No había nadie, solo la mujer de ojos vivaces.


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