lunes, 28 de septiembre de 2020

DE REGRESO DE LA CITA

Había participado en un concursito, algo conocido, que según él le daría un poco de dinero -no aspiraba para nada a saltar del mundo desconocido a la fama- y había iniciado su historia con las palabras más conocidas posibles, frase que seguro había sepultado su narración al olvido el día en el que uno de los tres jurados revisara su texto y ojeara el inicio. Olvido que quedó concretado cuando la mujer, algo elegante y con gestos alienados, borrara de su máquina con solo un click tanto tiempo dedicado, sacrificios e ilusiones. Había llegado exhausto a terminar la historia el último día, con tantas noches sin dormir, aprovechando cada espacio del día para avanzar. Habían cambiado los tiempos y ahora no había oficinas oficiales de registro ni de entrega; no obstante, si bien esta era una facilidad, el estrés solo había cambiado de rostro y se tornaba aún más peligroso, pues el ser ignorado era más fácil, no había rostro ni por qué dar explicaciones, menos lástima. A esta mujer, la mujer que lo había tachado y desvanecido, se la cruzó -sin saberlo- unos meses después en "El Viejo", un fast food moderno a pesar del nombre. Esta mujer que completaría su juego, un juego que él no sabía que jugaba.

Las primeras palabras del cuento eran "Macondo era entonces...". De aquí se había desviado y situado su cuento en uno de esos techos urbanos del centro histórico -techos llenos de antigüedades y cosas viejas- y había perfilado a su protagonista, un pordiosero que se movía de noche y dormía de día por el centro de la ciudad. No era mala la idea. Es más, si uno seguía la historia, esta se iba tornando interesante. No obstante, era imposible que cualquier jurado  siguiera leyendo un cuento con un inicio semejante, salvo entendiera las circunstancias de su vida. Pero, no importaba. Según su amigo, la idea era llamar la atención y buscar las cámaras. Encontrar la forma de salir del anonimato. No era exactamente lo mismo el dinero que el ansia de poder, pero todo excavaba en lo profundo del alma y explotaba la avaricia de cualquier individuo.  Se reunían todas las tardes -menos los fines de semana- entre la esquina de C y C. Miraban a la gente -a las chicas- y conversaban de cosas sin importancia hasta que llegaban a la cuestión central: ¿Por qué la superficialidad y el existencialismo del mundo actual? Cada uno sacaba argumentos recién leídos, de filósofos desconocidos y sin ningún mérito -la globalización del mundo había democratizado todos los saberes y ya no había sabios y las editoriales ya no filtraban a los buenos y a los malos, todos eran lo mismo-. Entonces, dijo Felipe, "las mujeres son más existencialistas que los hombres". Lo dijo en voz alta y todo en el pequeño restaurante quedó en silencio. Quizá no entendieron o lo entendieron todo. Era lo mismo de siempre para el que entendiera lo que significaba el verdadero existencialismo, pero dicho con otras palabras. "Es verdad", respondió su interlocutor, "los hombres somos más pragmáticos", y aquí empezó otra vez el bullicio y cada uno a su dispositivo electrónico y a su hablar monótono y de memoria. 

La sensibilidad de la gente sobre estos temas no era nueva. Hacía poco habían salido a las calles para apoyar una campaña sobre la igualdad de género y hasta se habían enfrentado a la policía. Gritos y fotos en las redes  dieron por concluida la protesta. Ya era algo. Nadie le hacía el seguimiento, pero por algo se empezaba. Las grandes reformas tuvieron un inicio tan banal y hasta mezquino. L entró en el pequeño restaurante. No sabía si escoger una mesa vacía o una semivacía que tenía a dos tipos hablando -las demás estaban repletas, eran de cuatro-. No quería incomodidades, así que llevó su cuerpo hasta una esquina y se sentó. Sacó el libro de la cartera y empezó a leer. Una mujer la miró despreciativa y siguió manipulando su teléfono. Manejaba las manos con rapidez. Sus uñas con varios colores y dibujos de estrellas y lunas no paraban ni un momento. Incluso cuando volteó, se podría decir que no se detuvieron, sino que automáticamente siguieron escribiendo. Era una fusión hombre-máquina, como alguna vez los automóviles lo habían sido con los pilotos.

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