Querida P:
Sé que ha pasado tanto tiempo y que recién después de tantas excusas he podido sentarme a escribir algo. En realidad, esto también es falso -todas las excusas son falsas, como es falso, mi querida P, que un hombre soltero y con dinero esté buscando una mujer o sea buscado-. Te decía que he interrumpido la redacción de un cuento para escribirte y el antes de este momento es ilusión o simple mecanicismo, es un moverse sin sentido, como la ínfima pieza del reloj elefante de..., es ser uno más -perdóname que me repita, P, pero es una idea que siempre me da vueltas en la cabeza y tengo que escupirla en algún momento, perdonando la metáfora-, decía que es ser uno más en el juego de la vida. A veces, hasta esto es bueno, P, dejarse llevar y no pensar, solo ser una pieza que encuentra en su función autómata, su sentido y nada más. Pero me he desviado, P, me he desviado y no puedo dejar esta manía. Quiero imaginar los lagos inmensos y azules y las grandes montañas rocosas que seguro frecuentas, como me has contado algunas veces -eso de tener como novio a un aventurero tiene sus ventajas, pero también su fatiga-. Quiero imaginar, pero prefiero contarte que he encontrado un grupo de gente que intenta pensar las cosas. Esto de pensar no se refiere, P, a simplemente pensar el menú de todos los días o en reinventarse un fin de semana -ahora le llaman así a salir de la rutina, pero también es un fiasco, es simplemente caer en otro sinsentido, pues nadie es capaz de ver más allá de sus narices-. Como te decía, es algo trascendente. Es tratar de encontrar respuestas a las grandes interrogantes, en palabras prohibidas sería como encontrar la verdad. Y este grupo es así, simple y llano, pero busca el sentido. Se toma un café alrededor de una mesa y se inicia la conversación con noticias del día. Luego, empieza lo bueno, P, porque cada uno se desnuda. Desnuda su alma ante los demás y entonces puedes ver viejos rencores, escondidos temores, prejuicios y hasta infantiles traumas. En realidad, es como una especie de enfermos anónimos -todos estamos enfermos, P, no lo dudes, aunque sea de amor, pero estamos enfermos- y entonces puedes ver a cada uno contando su experiencia de vida. La larga mesa se hace grande ante este pequeño grupo que intenta revelar sus cosas. Vuelan las palabras y uno quisiera atraparlas. Te contaré solo una de las tantas conversaciones -en realidad me gustaría contarte con detalle mi vida entera, P. Debes de saber que siento a veces la necesidad imperiosa de abrirme al mundo y, sin embargo, prefiero el silencio y también prefiero que L no sepa nada de lo que aquí te digo. Sabes que puede mal interpretar las cosas, pues aunque esté lejos, en otra batalla y en otro escenario, siento sus pasos en el atardecer, siento su aroma traído por una suave brisa, siento sus delicadas manos pasando las hojas de los libros que me tenía acostumbrado a leer, siento su desbordante vivacidad invadiendo mi ser y salgo corriendo por las calles, como un loco, sí, como un loco, P, porque tengo que de alguna manera olvidar que se ha ido, que ha partido, que ha montado un caballo alado y ha elegido un rey extraño, más perverso, más perverso que un simple obrero que besaba sus pies, y que era todo para ella-. Otra vez me he desviado, pero te hablaba de la anécdota. Es la de un muchacho. Un muchacho que está aprendiendo de las cosas, como todos cuando nos iniciamos. También, al parecer, está enamorado y entonces cuenta sus pequeños atisbos al mundo del amor -¿algún día conoceremos el amor en su totalidad?, pregunto-, sus pequeños escarceos. Ella, la mujer que él trata de describir, es para él lo que Caroline a Miloslav, si es que vale la comparación -si es que es valido usar esos nombres desconocidos para los muchos, aunque para ti, que has leído mis cuentos te sean familiares-. Sabrás que Caroline lanzó al vacío a Miloslav, un vacío de silencio, de total silencio. Caroline es a la muchacha, lo que mi gran amigo es a Miloslav. La analogía es precisa, P, y también de seguro lo es lo que pasó después, porque tú más que yo conoces la historia: el hombre enamorado que es despreciado por la dama dulce e inteligente, que ha elegido-o por lo menos ha imaginado-, a alguien más ágil, menos gastado, más astuto -la astucia, P, es despreciable, pues esconde barbaridades-. Así, el muchacho de lo escarceos, que había llenado a la mujer de halagos, el día menos pensado se hunde en el marrón de su mirada. Ella le dice que mejor sería darse un tiempo, así como lo lees, P, darse un tiempo, que en palabras simples y llanas significa el desprecio. Sin embargo -sigue el relato-, en aquel momento tenía ella el aspecto de quien no se sabe enterado ni afecto, del filántropo que inocente se gloria de sus caridades, del religioso que no sabe que su devoción es solo interés, del matemático que ignora que no se puede aplicar nada de lo que sabe a la realidad porque esta lo supera; y es entonces que el enamorado cae en el silencio ya conocido y en ese malestar interno que uno trata de disimular, de olvidar, pero que sale cuando uno maldice a un perro que pasa tranquilo o que asoma cuando uno se acuerda del rostro servil que ha tenido por meses delante de la susodicha, soportando los miles de defectos que seguro ella ha supuesto no tener, pero que él por cortesía no ha denunciado -recuerda, P, que el que sabe de modales no es el que no derrama la sopa en el mantel, sino el que habiéndose dado cuenta ha callado-. Está, por ejemplo, ese lunar que ha crecido un poco más desde la última vez y que afea la cara si te acercas, el aliento enrarecido después de una comida poco convencional, ese músculo que ha caído en desuso y que ha hecho ver la carne caída de un brazo o de una pierna fofa, y cuántas cosas imposibles de contar que avergonzarían hasta al más cínico. Y aquí me interrumpo, P, pues quizá sea un buen argumento para un cuento, pero no quiero cansarte. Sabes muy bien que estoy a la caza de historias; sin embargo, siento que todavía falta cuajar el relato en mi cabeza y hay que darle tiempo al tiempo y quizá más adelante pueda hacer algo. Por el momento, me he distraído en algunas lecturas y en algunos cuadros y fotos -las fotos son mis favoritas, a veces con la consecuente manía de querer atrapar todo, a veces hasta lo imposible-. Te contaré a la próxima -te lo prometo, y esto no es un truco para provocarte la curiosidad como hacen tantos escritores de telenovelas baratas- sobre el miedo que me ha entrado ahora último, miedo al vacío, al vacío del cuadrante.
Espero te encuentres saludable y no haberte aburrido. Conozco tus lecturas, tus historias, más desafiantes y menos monótonas, pero ya sabes que yo no escribo para concursos y que simplemente me complazco en que tú, en algún momento del día, mires de soslayo mi escrito y aunque sea pienses que por una inmerecida caridad debes leer lo que te mando.
Pendiente de ti y de L.
S
martes, 30 de octubre de 2012
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1 comentario:
hay tanta atmósfera de aquella maga, la musa cortazariana descrita hasta el poema en Rayuela, en el relato que nos transporta a esos días y noches intensas de compañía-soledad en las que la relación de amor intenso podría transformarse en un solo segundo, en una sola frase en despedida.
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